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Hoy el palco está vacío, aunque el espectáculo prometía.
Los mitos, esas eclécticas creaciones de nuestra cultura, cada vez se parecen más a un payaso de circo. A los que nos hacían llorar, a esos me refiero. Los que lloraban con nosotros, esos, se fueron dejándonos un regusto amargo en la boca: el del puro llanto. Los que quedan, los pseudomitos, no atraen lo que antes.
Las luces caen, se hace el silencio... que en realidad ya se había asentado hace horas, mientras preparaban los instrumentos. Quién sabe si esta noche darán alguna nota que rompa el vacío auditorio. La decepción interrumpe cualquier acto, inmoviliza hasta paralizar. Esperemos que mañana, si tenemos suerte, la melodia surja más allá del corazón.
Uno nunca sabe qué aparecerá detrás de una esquina... El problema surge cuando tales esquinas no existen. Son simples invenciones de nuestro espacio imaginario. Construimos creyendo que así delimitaremos un mundo que nos viene, a algunos, demasiado grande.
O, tal vez, es que sencillamente preferimos pensarlo así para darle un motivo a seguir descubriendo rincones ocultos, realidades soñadas. Creaciones que desearíamos tener más a mano.
Y así, los ángulos se convierten en suaves curvas. Dejádme que salga a pasear.
Lunes por la tarde en Barcelona. Es festivo y la ciudad hierve, no por el calor, que afortunadamente va disminuyendo con el paso de los días, sino por la cantidad de movimiento, aglomeraciones y gente que no se sabe de dónde ha salido. Estar fuera de casa resulta casi incómodo.
Por ese motivo, me traslado. Mis recuerdos derivan a ciertos rincones solitarios y silenciosos. Una calma que acompaña las primeras horas de la tarde y que te resguarda del exterior. Aún y así, las puertas permanecen abiertas, como sugiriéndote a que entres. El café de sobremesa está delicioso: corto e intenso. Al otro lado de la sala, una pareja termina de comer. A mi derecha, una larga fila de mesas se extiende hasta el interior, todas ellas vacías. El único ajetreo es el de un par de camareras mientras sirven a los pocos clientes reunidos en el local.
A mí, como siempre, se me va la vista hacia la calle. Tarde soleada y tranquila. El tiempo corre más lento que de costumbre, pero todavía no me he dado cuenta; sigo fuera.
Tiergarten. Berlín. Una tarde de tantas...

Oranienstrasse-Marianenstrasse: en el Bateau. 11.30 de la mañana.
La comunidad hispano parlante se reune para desayunar: croissants y cafés son el menú. La conversación inicial consiste en ponerse al día después de tantos años. Demasiado tiempo, a mi gusto, pero eso es algo incontrolable.
Tras cinco minutos, Juan aparece por la puerta. Barba espesa, la misma mirada de siempre ("estos niños no cambian", y me alegro de que así sea). Un abrazo, la ternura de siempre.
Pero el tiempo a pasado y todos hemos... nos hemos hecho mayores. Aunque a primera vista no lo parezca. Juan desprende seguridad y Frank una sed tremenda de seguir encontrando motivos que merezcan la pena. Yo, por mi parte, dejo la cabeza donde está. El ímpetu alocado de años atrás se ha ido calmando. Y no hay pesimismo en esto, simple constatación. Me alegro por ello.